Si, cada año parece que llega antes, no solo porque empecemos a decorar en Noviembre sino porque los años pasan más de prisa, y eso no me gusta nada.
Desde pequeña me ha encantado la Navidad. El año que mi padre murió un 29 de diciembre pensé que ya nunca serían lo mismo, pero no.
En homenaje a él sigo teniendo espíritu navideño.
Él me enseñó a poner el Nacimiento y cada año disfrutaba del ritual de verlo restaurar las figuritas de barro que no habían soportado los juegos de la gente menuda de un año a otro, de pelearse con los cables y con las antiguas bombillas de colores que cada año se fundían.
Él me aupaba en brazos para verlo bien y me enseñaba que la perspectiva es importante, que las figuritas más pequeñas iban atrás, a lo lejos, que el río nacía entre las montañas y que no podía salir de la nada ni morir de repente. Que había que colocar las cosas según la tradición nos había marcado, por eso en casa tardó tanto en entrar papá Noel, nosotros somos de Los Reyes Magos jaja.
Cuando él se puso enfermo tomé las riendas y ese año saqué la cajita de figuras, me las llevé a la mesa, y bajo su atenta mirada fui repasando brazos y patas de ovejitas, que siempre se rompían. Algunas, como piratas, aún tienen una patita de palo, ahora mis figuritas son nuevas, llevo años comprando poco a poco y los animalitos son más consistentes, pero siempre pongo una ovejita de pata de palo entre los riscos del fondo, como una bandera que avisa que mientras yo pueda siempre tendrán su sitio en mi Nacimiento los recuerdos de un padre al que adoraba y que aunque se fue siempre está, y en Navidad más que nunca.
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Y en mi casita Oxford también ha llegado.